Notas para una defensa de los talleres literarios

En fechas recientes, una publicación en Facebook ha desatado cierta polémica en redes sociales entre el ambiente literario del estado de Chihuahua. Recomendamos leer la publicación original antes de leer este primer texto. En otro momento, publicaremos una respuesta más adecuada, en la que citaremos y desglosaremos la publicación a detalle. Por lo pronto, la responsabilidad con el contexto al que pertenecemos nos impele a compartir un par de notas:

Notas de Alejandro Manzano

El error de partida: confundir el fin de la política cultural

El señor Domínguez presupone que el objetivo de la política cultural —en concreto, la impartición de talleres— es formar a los talleristas para que produzcan textos de calidad. Da a entender que el criterio de la calidad literaria es su propio gusto, aunque concede que también existen los premios y el éxito comercial. Desde ese momento, el “cronista crítico”, autodenominado “hombre invisible”, peca de ingenuo.

Suponiendo que su encuadre sea verídico —a saber, que el Municipio de Cuauhtémoc, a través de su Instituto de Cultura, invierta de alguna forma (aunque sea prestando un espacio y, quizá, difusión) para que se den esos talleres—, la producción de “textos de calidad” es solo uno dentro de un sinfín de objetivos que puede perseguir esa política pública. De hecho, la “calidad literaria” es un mal parámetro para una política de Estado, toda vez que es un criterio amplio, difuso y en constante cambio, como lo demuestra él mismo con su mezcolanza de pruebas: ¿la calidad se mide en premios, en ventas o en la opinión de un señor que asistió a un solo evento público?

Los talleres de creación literaria pueden servir para muchas cosas: para construir y reforzar comunidad (esto lo vivimos nosotros); como ejercicio terapéutico para trabajar un dolor compartido; como complemento a la educación escolarizada, o como parte de la misma; como forma de que personas de la tercera edad y otros grupos marginados se acompañen; o como simple táctica para que adolescentes y niños no estén en las calles.

Yo, que tanto he investigado sobre política cultural en contextos revolucionarios —el neoclasicismo de Stalin, la experimentación cubana, el testimonio del pueblo del Ernesto Cardenal sandinista— y que me tomo tan en serio qué implica la forma concreta en que se implementan estas políticas y lo que dicen sobre las prioridades del gobierno, de haber sabido que José Luis Domínguez ya tiene el secreto del éxito me habría ahorrado mucho trabajo.

Es insulso pretender que se esgrime una crítica a la política pública cultural cuando el único criterio es la propia sensación de lo que es bueno. ¿Cómo lo medimos, comparamos y mejoramos? Aunque suene positivista, indicadores como el número de asistentes, las sesiones por año, los eventos realizados (fanzines publicados) e incluso los datos socioeconómicos sobre quiénes toman el taller sí se pueden medir, analizar y, en su caso, usar para reconfigurar el programa en consecuencia. La credibilidad que quiere darse a sí mismo, alegando conocer al director, las sesiones y el presupuesto, lo descalifica de antemano, porque no la sostiene un planteamiento serio. Si a esas vamos, que él se ponga a dar talleres.

Dar talleres no es cosa menor

La literatura es, como todo el arte, al mismo tiempo una disciplina, un movimiento social y una industria, con sus propios circuitos de capacitación, promoción y comercio. Si se quiere proponer en serio que mejoren los talleres —aunque primero tendríamos que establecer algún consenso sólido en torno a qué significaría “mejorar”—, habría que empezar por reconocer que dar talleres no es tarea sencilla. Todos esos ríos de tinta que él, odiosamente, calcula de la Tierra a la Luna se han gastado con creces en libros, cursos, diplomados y posgrados dedicados únicamente a cómo dar talleres literarios.

Quizá ya estoy viejo, pero me incomoda que alguien vaya a un evento y luego publique que estuvo mal, sin proponer nada. Lo único que propone es “sentido común” y que se les bajen las ínfulas. Resulta que el doctor Domínguez nos receta más síndrome del impostor. Un genio.

Lo he comentado en otras ocasiones: hay cosas que se pueden hacer en concreto.

  • Profesionalizar a los impartidores. Los municipios o el estado podrían facilitar, organizar o subsidiar cursos para profesionalizarse como impartidor de talleres de creación literaria.
  • Multiplicar los eventos. Podrían organizarse más eventos de ese tipo, aunque le hagan hacer corajes a José Luis Domínguez.
  • Sostener la difusión. Podrían sacarse revistas con seriedad, organizar lecturas en todas las colonias y hacer de la FELIM un bazar permanente o, al menos, semanal.
  • Compartir experiencia. La clásica: armar un “taller de talleres” para que al menos los organizadores compartamos experiencias y, quién sabe, hasta aprendamos algo.

Me molesta que la crítica hacia los talleres se haga de manera tan superficial cuando, de hecho, es un tema que vale la pena discutir y en el que hay mucho por hacer.

Notas de Luis Ángel Ortega

La verdad, no encuentro la mejor manera de decir lo que pienso respecto a la postura del autor de la publicación. Para empezar, no creo que sea útil responderle a alguien con tantos aires de superioridad, pues, en mi experiencia, esas personas hablan pero no escuchan: se entusiasman cuando alguien les responde —me recuerda al “owned/trigger the libs”— por las endorfinas que les provoca la interacción, pero no están dispuestas a participar de buena fe. Alguien que quiere un debate de buena fe, en mi opinión, no se expresa con esa malicia, ese dolo y ese desprecio.

En segundo lugar, el autor parece no saber que aprender es muy fácil, pero enseñar es muy difícil. Si los talleres que ofrece el instituto no están a su altura, ¿por qué no se acerca a dar un taller él mismo? Si tiene tan claro qué es la buena literatura, ¿por qué no se ofrece a capacitar a los talleristas?

Con la dinámica de pedirle un taller a cada ganador del instituto, es imposible que no exista alguno que no sea del agrado de todos —y no diría que son malos: quizá solo no son para quien los juzga así—, pero es mejor que existan mil talleres regulares que lleguen a dos mil personas a que exista un solo taller extraordinario que llegue a diez. Eso, hasta donde sé, se llama democratizar el conocimiento.

Finalmente, solo quiero agregar una cosa:

problema tuyo papi

Compartir :